Capítulo/Letra G, GIRASOL.
Un extracto de mi libro "De La Hasta Lo Que Soy", un libro escrito desde lo más profundo de mi corazón y que hoy quiero compartirles un poco de él.
Imaginen un mundo en el que abunden los girasoles. Mejor, un mundo donde todo sea un campo de girasoles. Un lugar que susurra paz. Lleno de belleza, como si el mundo se detuviera por instantes para recordarte que aun existen cosas puras. Una especie de oración viva al sol, su Dios. Una multitud de tallos que se estiran hacia la luz, obedeciendo sin miedo a su instinto natural de buscar lo natural, lo cálido, lo alto y brillante del sol.
Imagina un mundo entero de todo eso: fértil, un cielo despejado, de viento tibio que refresca, que no interrumpe, pero te acompaña. Donde no hay contaminación sónica, ni muros. Solo girasoles girando al unísono en búsqueda de su vital vitaminico, como si recordaran algo que nosotros olvidamos.
Y entre todo ese amarillo pude encontrar a la que sería esa flor que me cautivó hace 7 años atrás. Ella estaba marchita, la unica a la que el sol se le olvidaba nutrir. La llevé conmigo para poder protegerla. Tenía un tallo encorvado por la falta de fé y esperanza. Su tallo estaba seco, sus hojas fragiles. La primavera nunca llegaba para ella.
Yo no entendía la magnitud del hambre que ella sentía. Día tras día daba lo mejor de mí para ayudarla a florecer. Intenté que el sol la revitalizara, pero fue cosa imposible. Ahí me di cuenta de que no giraba en búsqueda del sol, sino a alguien que fuera como uno. Así que empecé a ser su amigo. Poco a poco, comenzó a florecer, y así, a darse cuenta de que J.D. Revilla 48 el sol no era lo que necesitaba. Anhelaba saber existir, de sentirse real. Son esos pequeños rastros de calor que para otros no eran de importancia, pero que para ella significaban la diferencia entre vivir otro día o marchitarse definitivamente.
Entonces, para ella cada día era un invierno interminable. Así que a través de los años logré que fuera la que ella quería ser. Mis chistes eran su agua. Mis abrazos, su abono. Mis palabras, ese cielo despejado que ella ansiaba. Terminé siendo su verdadero sol. Su cabeza giraba a donde yo estaba para poder recibir sus nutrientes. Era su única voluntad para inspirarse y demostrar su belleza verdadera que por mucho tiempo pude lograr verla.
En dos años, lo empecé a notar.
En cuatro, se volvió una certeza.
Y en seis, vi desplegar todo su esplendor.
Cada día, cada semana y cada año ella se volvió una flor muy bonita. A pesar de que no lo aceptara, ella me cautivaba más de la cuenta. Empezó a cautivar su belleza interior. Por momentos, se alejaba de su oscuridad, respiraba la vida y sonreía, aunque su sombra aún la esperara al caer la noche. Juntos, aprendimos que el florecimiento no solo depende del sol, sino de una conexión genuina entre dos seres. Y con esto no me refiero a una sentimental, pero una que todos podrían envidiar.
Pero a veces solo me desgarraba el alma, verla con esa necesidad de algo que no podía ofrecer se convertía en una lucha silenciosa en mi mente. Deseaba verla volverse el girasol que esperaba que fuera en tantos años. Era lo que yo deseaba, pero a veces las oportunidades no se presentan. Lamentablemente yo también tenía mis días nublados. No siempre podría darle de mi luz. La dejé sola en varias oportunidades, y un amigo no debe hacerlo cuando alguien lo necesita.
Es imposible saber el verdadero peso que conlleva ser el sol de otra persona. Querer calentar, sanar esas heridas… pero es dificil mantenerse como ese sol, y el cansancio llega cuando no lo esperabas. Se vuelve rutinario, te cansas y piensas: ―¿De verdad estoy haciéndolo por ella o porque sigo enamorado de ese girasol?‖. Ese tipo de preguntas me rondaba la mente desde el día uno.
Del sexto año pasamos al septimo. Aparentemente todo cambió inesperadamente. Despues de vivir unas primaveras tranquilas y hermosas, volvió el temido invierno —uno más crudo, más oscuro, más largo.
Esta vez parecía no tener fin, y me empezó a preocupar. No pude volver a darle lo que necesitaba. Supe que sus raíces se fortalecieron por un tiempo, pero no fue suficiente para no evitar decaer. Se volvió a mar-chitar rápidamente. Vi como su brillo se empezaba a apagar en sus hojas, y ahí caí en cuenta de que no todo es posible.
Y si, Fui un idiota, lo sé.
Todo se descontroló. Estuve lejos, ausente, enfocado en cosas de las que me arrepiento ahora. Descuidé ese hermoso girasol y ahora lo estoy pagando.
Hace algunos meses, su tallo dejó de estar erguido, sus hojas se em-pezaron a apagar. Lo intenté todo, o eso creí. Volvieron los días donde mis charlas pudieran hacer efecto, por si algo en ella cambiaba. Pero ha-bía algo distinto, algo inusual que aparentemente no pude notar a simple vista. Ya no bastaba con estar
Ignoré muchos síntomas de su decaída. Ya no absorbía de mi energía. Dejó sutilmente pistas de que algo raro pasaba dentro de ella. Y entonces, sus lindos pétalos empezaron a caerse. Pasaron muchas cosas, pero ella intentaba demostrar que todo iba mejorando. Intentaba convencerme de que así iba todo. Me lo hacía saber en los pequeños rastros de J.D. Revilla 50 gratitud. Me aferré a la esperanza, a pesar de sus pétalos, pero ni mi presencia ni mis intentos fueron suficientes para revertir el daño que ocurrió durante mi ausencia. Y por más que me esforcé, no logré volverla ver florecer.
Porque al final… sucedió algo inevitable.
Ese girasol se marchitó.
Si, no siempre basta con quedarse.
A veces simplemente llegamos tarde.
Y ahí estuve, con sus pétalos en mis manos, preguntándome si de verdad supe cuidarla. Mi corazón tambaleaba entre la culpa y la tristeza, contemplando el vacío existencial que, poco a poco, llenaba de angustia mi futuro.
No todos los girasoles viven lo suficiente para entender la vida que les ha tocado vivir, ¿o en realidad soy yo el que no la entiende?.
Al final, ella siempre será mi favorita. La que cuidé con mi ser, con todo lo que pude brindarle. Dejó razones para recordarla por siempre. Estoy orgulloso de lo que vivimos juntos, por los días que compartimos, incluso cuando llegó el final. Ese girasol siempre será el que me dió un propósito verdadero justo cuando más lo necesitaba. Su huella permanecerá en mi, marcando un antes y un después.
A veces, el amor no es suficiente para vencer la historia que alguien ya trae escrita en su alma. Porque no todo lo que cultivamos florece, aún así, lo que crece en el corazón nunca se desvanece.


